sus. fem. sing., argentinismo: conjunto de operaciones por las que un grupo de amorales se llena los bolsillos gracias al uso del poder. Espacio y mecanismo de todas las malicias; denuesto demoledor: “eso es pura política”.
(…)
La sensación, por supuesto, parece justificada cuando uno repasa el plantel político actual: señores que han cambiado cuatro veces de partido, como Patricia Bullrich o Ricardo López Murphy o Felipe Solá o Daniel Scioli; señores que han anunciado docenas de catástrofes que nunca llegaron, como Elisa Carrió; señores que traicionan sus pactos todavía calentitos, como Cleto Cobos; señores que usan la plata de papá para comprarse voluntades, como Francisco de Narváez; señores que empiezan a equivocarse justo antes de decir la primera palabra, como Mauricio Macri; señores que todavía están por decir la primera palabra, como Carlos Reutemann, todos ellos famosos por la fiera oquedad de sus cabezas, el tesón con que intentan mostrarla y su fidelidad a nada que no les dé poder. En síntesis, una colección de semianalfabetos funcionales, gente de tan escasas luces que la doctora Fernández hablando de corrido produjo sorpresa y maravilla: como quien se emociona porque un médico puede apuntar su estetoscopio o un guitarrista puntear un par de cuerdas.
La sensación prospera porque no queda claro para qué sirven: nadie los imagina como los encargados de pensar proyectos a mediano y largo plazo y proponérselos a sus conciudadanos a ver si los apoyan. Se los piensa más bien como componedores de corto plazo, tramoyeros de esquina; tanto, que un intelectual de la talla de Tomás Abraham pudo decir, explicando los fracasos de un político, que el hombre “nunca entendió que vale más el abrazo de un puntero que un plan habitacional a largo plazo”.
Y la sensación aumenta más aún porque los políticos argentinos empezaron por no hacer lo que decían, y terminaron por no decir nada –por repetir frases más y más huecas con la sonrisa odol. La política argentina parece funcionar según ese principio: unos dicen “Acá va la vaca” y los otros, enardecidos, dicen exactamente lo inverso: “Acá va la vaca” –hasta que aparece una inteligencia superior que dice “Dabale arroz a la zorra el abad”, a ver quién sabe contestarle. Gajes de la elocuencia. Muestra su calidad el hecho repetido de que nuestros políticos crecen cuando callan y caen cuando hablan: los más exitosos, los más esperados son los que nunca dicen nada que importe. O, en el mejor de los casos, hablan con las palabras que las encuestas les sugieren.
La mayoría de los políticos no habla a partir de lo que piensa –¿piensa?–, de lo que considera correcto –¿correcto?–, de lo que va en el sentido de su idea del mundo –¿idea del mundo?–. Un político, en general, no es un señor que tiene ideas –compartidas con muchos que lo eligen porque, si acaso, es el que mejor podría expresarlas–; no es un señor que sirve para ofrecerle a la sociedad la posibilidad de discutir esas ideas, pensarlas y repensarlas, revisar convicciones e imaginar caminos, a partir de ciertos principios. No; ahora, la decisión del político consiste en elegir, entre las diversas opiniones que circulan, cuál le parece más útil para acercarse a los poderes. El único principio, en este caso, sería el fin: hacen encuestas, dicen lo que lagente (ver Segurismo) quiere oír.
Sin principios, los políticos tienen que “auscultar” los deseos de su clientela y para eso contratan a unos señores que miran a esa clientela desde sus prejuicios y les consiguen resultados previsibles, resultado de dos o tres preguntas que confirmen esos prejuicios. Sin principios, los políticos no tienen más que seguir lo que alguien les sugiere: encuestas, asesores, periodistas, primos. Un líder puede ser aquel que plantea los nuevos debates e intenta que una sociedad reflexione sobre sí misma y busque modos de funcionar mejor. O puede ser aquel que trata de saber qué quieren escuchar para decirlo copia conforme. Estamos en plena democracia encuestadora, y el líder eco es la forma habitual de la política: el facilismo de la demagogia reemplazando la valentía de proponer las cuestiones. Lo que le permite a un candidato a presidente como el pequeño Alfonsín decir –hace unos días, abril 2011– que no va a negociar con el PRO porque “si hiciéramos una alianza con Macri, la gente no nos votaría” y conseguir que su explicación parezca natural: que sea natural que no hable de diferencias políticas o ideológicas, de proyectos distintos, de principios; que pueda decir que se trata exclusivamente de contentar al público consumidor para sumar algunos votos. La democracia encuestadora es pura adaptación de vendedor astuto, que sabe plegarse, en cada caso, a lo que supuestamente se le pide; no un espacio donde pensar, entre muchos, cómo podría ser la vida, y trabajar en esa dirección. Es como si se esforzaran por hacer literal el chascarrillo de Borges cuando decía que la democracia es un abuso de la estadística. (...)

2 comentarios:
¿No se te revolvía el estómago mientras escribías? Más por impotencia que por rechazo al tema.
Es brillante el análisis de Martín, no porque esté inventando la pólvora, por el contrario, hurga sobre la realidad obvia; pero hace observaciones meticulosas de cuestiones que normalmente se nos escapan.
Es interesante leerlo, porque a diferencia de muchos hombres públicos (periodistas, políticos, filósofos, empresarios, etc), Martín no sufre de incontinencia verbal, con lo cual, lo que dice es la síntesis de un pensamiento acabado y bien resuelto.
De acuerdo o en contra a lo que uno pueda pensar, Caparrós es un tipo brillante. Por como dice y por como piensa.
Discrepo que Caparrós le esté haciendo el juego a la derecha. Pero tampoco le hace el juego al oficialismo nacional, por el contrario, le exige más de lo que da, reclama lo que promete. Y eso es una buena bara de medir. Porque a los demás, sabe que no se les puede pedir ni que hablen de corrido.
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