febrero 26, 2011
no escribo estas cosas porque no quiero llenar mi blog de gris y tristeza y depresión. Pero aveces siento que soy una bañadera a la que le sacaron el tapón. Estoy llenísima de nada. Mi vida gira en torno a dos o tres cosas; que le dan consistencia; pero que si me faltan no soy nada. En el mapa de mi vida estoy tan relegada a un segundo plano que mi existir en sí mismo carece de sentido. La música que antes me subía el ánimo ya no lo hace mas. Las palabras que antes valían más que el agua para mí hoy están puestas en tela de juicio. Mi casa ya no es más panacea. Siento que hay cosas dentro mío que están rotas y no las voy a poder arreglar nunca. Llorar no me cuesta nada. Y me siento sola si no estoy acompañada...
febrero 12, 2011
I
Levantó las persianas y se sorprendió de ver la luz del día. Ya eran más de las 11 cuando decidió que era buen tiempo de dejar de hacer nada, apoyó el vaso en el piso y se levantó del sillón. Prendió un sahumerio y el olor a jengibre le recordó que había que comer cada tanto, lástima que la heladera llevaba casi 3 días vacía. El mismo tiempo que su cabeza.
-David, es mucho para mí.
Sol empujó el plato a medio comer, vade retro raviolitos.
-Ufff, siempre lo mismo vos, sos como los chicos. No querés una cajita feliz, mejor?
- Con un helado me conformo!
Sonrisa de oreja a oreja y hombros encogidos, Sol tenía la dulzura justa para convencerlo de satisfacer cualquier capricho. Si le preguntabas a David, seguro que te decía que era mejor complacerla, que sino se ponía histérica, que le hacía el día imposible. Y claro, era bastante más fácil decir eso que aceptar que sentía un placer infinito haciendolo, porque sabía que esas pequeñas cosas son las que siempre se guardan con más cariño en el fondo de la memoria. Pasó una bicicleta por enfrente del restaurant y Sol cambió de opinión.
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-David, es mucho para mí.
Sol empujó el plato a medio comer, vade retro raviolitos.
-Ufff, siempre lo mismo vos, sos como los chicos. No querés una cajita feliz, mejor?
- Con un helado me conformo!
Sonrisa de oreja a oreja y hombros encogidos, Sol tenía la dulzura justa para convencerlo de satisfacer cualquier capricho. Si le preguntabas a David, seguro que te decía que era mejor complacerla, que sino se ponía histérica, que le hacía el día imposible. Y claro, era bastante más fácil decir eso que aceptar que sentía un placer infinito haciendolo, porque sabía que esas pequeñas cosas son las que siempre se guardan con más cariño en el fondo de la memoria. Pasó una bicicleta por enfrente del restaurant y Sol cambió de opinión.
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